EXPLORADORES DEL ABISMO

Reflexiones en torno a la Literatura
Sat Apr 25

Escribir es dejar de ser Escritor - Enrique Vila-Matas

Muchas veces me he visto obligado a contestar a la pregunta de por qué escribo Al principio, cuando era muy joven y tímido, utilizaba la breve respuesta que daba André Gide a esa pregunta y contestaba: «Escribo para que me lean.» 
Si bien es cierto que escribo para que me lean, con el tiempo he aprendido a completar con otras verdades mi sincera respuesta a la pregunta
de por qué escribo. Ahora, cuando me hacen la inefable pregunta, explico que me hice escritor porque 1) quería ser libre, no deseaba ir a una oficina cada mañana, 2) porque vi a Mastroianni en La noche de Antonioni; en esa película -que se estrenó en Barcelona cuando tenía yo dieciséis años- Mastroianni era escritor y tenía una mujer (nada menos que Jeanne Moreau) estupenda: las dos cosas que yo más anhelaba ser y tener. 
Casarse con una Jeanne Moreau no es fácil, tampoco lo es ser realmente
un escritor. Por aquellos días, yo tenía una vaga idea de que no era sencillo ni una cosa ni la otra, pero no sabia hasta qué punto eran dos cosas muy complicadas, sobre todo la de ser escritor 
Yo vi La noche y empecé a adorar la imagen pública de esos seres a los que llamaban escritores. Me gustaron, en un primer momento, Boris Vian, Albert Camus, Scott Fitzgerald y André Malraux. Los cuatro por su fotogenia, no por lo que hubieran escrito. Cuando mi padre me preguntó qué carrera pensaba estudiar -é1 tenía la callada ilusión de que yo quisiera ser abogado-, le dije que pensaba ser como Malraux. Recuerdo la cara de estupor de mi padre, y también recuerdo lo que entonces me dijo: «Ser Malraux no es una carrera, eso no se estudia en la universidad.» 
Hoy sé muy bien por qué deseaba ser como Malraux. Porque ese escritor, además de tener una expresión de hombre curtido, se había construido una leyenda de aventurero y de hombre no reñido con la vida, esa vida que yo tenía por delante y a la que no quería renunciar Lo que en esos días yo no sabía era que para ser escritor había que escribir, y además escribir como mínimo muy bien, algo para lo que hay que armarse de valor y, sobre todo, de una paciencia infinita, esa paciencia que supo describir muy bien Oscar Wilde: «Me pasé toda la mañana corrigiendo las pruebas de uno de mis poemas, y quité una coma. Por la tarde, volví a ponerla.» 
Todo esto lo explicó muy bien Truman Capote en su célebre prólogo a Música para camaleones cuando dijo que un día comenzó a escribir sin saber que se había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo: «Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y escribir mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil pero brutal.» 
Así pues, yo en esos días no sabía que para ser escritor había que escribir, y además había que escribir como mínimo muy bien. Pero es que, por no saber, ni sabía que era preciso renunciar a una notable porción de vida si se quería realmente escribir Por no saber, ni sabía que escribir, en la mayoría de los casos, significa entrar a formar parte de una familia de topos que viven en unas galerías interiores trabajando día y noche. Por no saber, ni sabía que iba a acabar siendo escritor, pero un tipo de escritor alejado de la figura de Malraux, pues me esperaban aventuras, pero más del lado de la literatura que de la vida. 
Pero escribir vale la pena, no conozco nada más atractivo que la actividad de escribir, aunque al mismo tiempo haya que pagar cierto tributo por ese placer. Porque es un placer y es -como decía Danilo Kis- elevación: «La literatura es elevación. No inspiración, les ruego. Elevación. Epifanía joyceana. Es el instante en que se tiene la impresión de que, en toda la nulidad del hombre y de la vida, hay de todos modos unos cuantos momentos privilegiados, que hay que aprovechar. Es un don de Dios o del diablo, poco importa, pero un don supremo.» 
Hoy en día, con el auge de la nueva narrativa española, se dan entre nosotros dos tipos de escritores jóvenes, de escritores principiantes: por una parte, están los que no ignoran que se trata de un oficio duro y paciente, un oficio en el que se avanza en tinieblas y le obliga a uno a jugarse la vida, a arriesgar (como decía Michel Leiris) la vida como lo hace un torero; por otra parte, están los que ven en la literatura una carrera y buscan el dinero y la fama como primer objetivo de su trabajo. 
No tengo alma de predicador y, además, no quiero desanimar ni a unos ni a otros, de modo que citaré de nuevo a Oscar Wilde, citaré ese consejo que le dio a un joven al que le habían dicho que debía comenzar desde abajo:
«No, empieza desde la cumbre y siéntate arriba.» Gabriel Ferrater lo dijo de otra forma: «Un escritor es como un artillero. Está condenado, lo sabemos todos, a caer un poco más abajo de su meta. Por ejemplo, si yo pretendo ser Musil y caigo un poco más abajo, pues ya es bastante más arriba. Pero si pretendo ser como un autor de cuarta fila…» 
Un escritor debe tener la máxima ambición y saber que lo importante no es la fama o el ser escritor sino escribir, encadenarse de por vida a un noble pero implacable amo, un amo que no hace concesiones y que a los verdaderos escritores los lleva por el camino de la amargura, como muy bien se aprecia en frases como esta de Marguerite Duras: «Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos.» 
Plantearse escribir es adentrarse en un espacio peligroso, porque se entra en un oscuro túnel sin final, porque jamás se llega a la satisfacción plena, nunca se llega a escribir la obra perfecta o genial, y eso produce la más grande de las desazones. Antes se aprende a morir que a escribir. Y es que (como dice Justo Navarro) ser escritor, cuando ya se sabe escribir, es convertirse en un extraño, en un extranjero: tienes que empezar a traducirte
a ti mismo. Escribir es hacerse pasar por otro, escribir es dejar de ser escritor o de querer parecerte a Mastroianni para simplemente escribir, escribir lo que escribirías si escribieras. Es algo terrible pero que recomiendo a todo el mundo, porque escribir es corregir la vida -aunque sólo corrijamos una sola coma al día-, es lo único que nos protege de las heridas insensatas y golpes absurdos que nos da la horrenda vida auténtica (debido a su carácter de horrenda, el tributo que debemos pagar para escribir y renunciar a parte de la vida auténtica no es pues tan duro como podría pensarse) o bien, como decía Italo Svevo, es lo mejor que podemos hacer en esta vida y, precisamente por ser lo mejor, deberíamos desear que lo hiciera todo el mundo: «Cuando todos comprendan con la claridad con que yo lo hago, todos escribirán. La vida será literaturizada. La mitad de la humanidad se dedicará a leer y a estudiar lo que la otra mitad de la humanidad habrá escrito. Y el recogimiento ocupará la mayor parte del tiempo que será así arrebatado a la horrible vida verdadera. Y si una parte de la humanidad se rebelase y se negase a leer las lucubraciones de los demás, mucho mejor.
Cada uno se leería a sí mismo.» 
Leyendo a los otros o a nosotros mismos, poco margen veo yo para estallidos bélicos y mucho en cambio para la capacidad de un hombre para respetar los derechos de otro hombre, y viceversa. Nada menos agresivo que
un hombre que baja la vista para leer un libro que tiene en sus manos.
Habría que partir a la búsqueda de ese recogimiento universal. Se me dirá que se trata de una utopía, pero sólo en el futuro todo es posible.

Sun Apr 12

Escribir - Antonio Lobo Antunes

Escribir es transformar la sangre en palabras; la literatura es mi sangre derramada en las páginas, por eso es un acto difícil. Me gustan los autores que se hacen el harakiri, no tanto los cerebrales, sino los que escriben con las tripas. Pero también es vital estar solo, pues es cuando eres realmente tú. Mi sueño es ser comprendido sin la necesidad de las palabras. A cada libro intento estar más cerca del silencio. Reducirlo todo al silencio para que el lector pueda escribir su libro en mi libro, vivir su vida en mis páginas. La imaginación no existe. Es la manera como arreglas los materiales de la memoria. No inventas nada. Es muy curioso que me paguen para ser un ladrón. Mezclas cosas y haces tus libros de esos materiales. El de escritor es un oficio de atención a los otros y a ti mismo. Es un hombre como otros, el hecho de escribir no me da más derecho que a los otros.

Sat Apr 11

Reflexión sobre la lectura y la escritura - Israel Centeno

Estos temas varían un poco, pero cae la locha siempre en el mismo lugar: en la relación que tenemos o que podemos tener con la realidad. Quien lee no evade la realidad, a mi criterio. Ése es un falso concepto. Quien lee, reinventa, de la mano del autor, e interviene la realidad con su imaginación, participa, como decía Gardner, de un sueño vívido y continuo. Vive más allá del límite; nos vamos dando cuenta en la medida que envejecemos, que no podemos vivir toda la vida que queremos vivir, pero sí podemos leer todas las vidas que queremos vivir e incluso morir todas las muertes que queremos morir, o las que tememos morir, las vidas que no viviríamos sino en una historia; o amar, consumada o imposiblemente todo lo que deseamos amar; odiar o asesinar. En fin, es un ejercicio de opción y libertad.

En el momento en que uno lee, pierde el arraigo, se vuelve leve, no pertenece absolutamente a nadie. La lealtad es una palabra hueca, a menos que el signo se resignifique en el contexto de la lectura. Un lector jamás podrá ser un gran patriota, y viceversa; un lector no es fanático ni prejuiciado, al menos en el momento que lee, allí está él o ella, solitario, con un mundo que lo arrebata y lo despoja de la pertenencia delimitante y se entrega, se rinde, a una condición trascendente.

Se escribe por lo mismo. Cualquier relación que tenga una persona con el arte es una posibilidad real y cierta de alterar e intervenir la realidad con oficio e imaginación. Un ejercicio de libertad. Se escribe, pienso yo, porque hay algunas cosas que nos gustaría que fuesen de algún modo y hay otras que nos gustaría que no fuesen del modo que realmente son. Cada historia bien lograda subvierte, altera y resignifica y origina consecuencias.

Se escribe y se lee porque un escritor y un lector saben, deben saber, que su principal nutriente es la palabra escrita y en ejercicio permanente.

Thu Apr 9

El Móvil - Javier Cercas

Había subordinado su vida a la literatura; todas sus amistades, intereses, ambiciones, posibilidades de mejora laboral o económica, sus salidas nocturnas o diurnas se habían visto relegadas en beneficio de aquélla. Desdeñaba todo lo que no constituyese un estímulo para su labor…

Juzgaba que la literatura es una amante excluyente. O la servía con entrega y devoción absolutas o ella lo bandonaría a su suerte. Tertium non datur. Como todas las otras artes, la literatura es una cuestión de tiempo y trabajo, se decía. Recordando la célebre sentencia que sobre el amor había dictado un severo moralista francés, Álvaro pensaba que la inspiración es como los fantasmas: todo el mundo habla de ella, pero nadie la ha visto. Por eso aceptaba que toda creación consta de un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración. Lo contrario era abandonarla en manos del aficionado, del escritor de fin de semana; lo contrario era la improvisación y el caos, la más detestable falta de rigor.

…Sabía que un escritor se reconoce como tal en sus lecturas. Todo escritor debía ser, antes que cualquier otra cosa, un gran lector… Creía que no hay literatura, por lateral o exigua que sea, que no contenga todos los elementos de la Literatuta, todas sus magias, sus abismos, sus juegos. Sospechaba que leer es un acto de índole informativa; lo verdaderamente literario es releer.

En rigor, la literatura es un olvido alentado por la vanidad. Esta constatación no la humilla, sino que la ennoblece. Lo esencial -reflexionaba Álvaro en los largos años de meditación y estudio previos a la concepción de su Obra- es hallar en la literatura de nuestros antepasados un filón que nos exprese plenamente, que sea cifra de nosotros mismos, de nuestros anhelos más íntimos, de nuestra más abyecta realidad. Lo esencial es retomar esa tradición e insertarse en ella; aunque haya que rescatarla del olvido, de la marginación o de las manos estudiosas de polvorientos eruditos. Lo esencial es crearse una sólida genealogía. Lo esencial es tener padres.

Wed Apr 8

Enfermos de Literatura - Enrique Vila-Matas

La escritura, como todas las drogas duras, provoca síndrome de abstinencia. Los enfermos de literatura escriben desde su hospital imaginario. António Lobo Antunes, Franz Kafka, Jules Renard, Jaime Gil de Biedma, Luis Pimentel y Juan Villoro, entre otros enfermos de literatosis, término acuñado por Juan Carlos Onetti, reconocen su adicción a la palabra escrita. No lo olviden: en cuanto se tiene un padecimiento se tiene una opinión propia.

Veo en Jules Renard al enfermo de literatura por excelencia. En su Diario aparece un hombre instalado permanentemente en la litera más dura del vagón de la droga más dura de la literatura. Valga como ejemplo esta frase: ‘Escribir es una forma de hablar sin ser interrumpido’. Estoy ahora observando una de sus fotografías familiares y en ella aparece con una monstruosa expresión de malhumor: el clásico enfermo crónico de literatura, un maniático del escritorio. La fotografía es al aire libre, el día sumamente agradable. Los niños, sus dos hijos, sonríen a la cámara y son maravillosos. A su mujer se la ve muy saludable. Pero él está de un humor de perros, como si alguien hubiera osado interrumpirle cuando estaba hablando. Se nota que tiene síndrome de abstinencia y piensa que debería estar ya en su escritorio.

‘Escribir’, dice Lobo Antunes, ‘es como drogarse, se empieza por puro placer, y acabas organizando tu vida como los drogados, en torno a tu vicio. Y ésa es mi vida. Hasta cuando sufro lo vivo como un desdoblamiento: el hombre está sufriendo y el escritor está pensando en cómo aprovechar este sufrimiento para su trabajo’.

El más allá del enfermo de literatura es Kafka: ‘No, querida Felice, no es que tenga una tendencia hacia la literatura, es que soy literatura’. A esta declaración de que su cuerpo es puro texto podríamos calificarla de alta literatosis, por emplear un término acuñado por Juan Carlos Onetti.

Incluso cuando andaba ya medio muerto, Renard pensaba en cómo aprovechar literariamente su defunción: ‘Enfermo, ya no puedo meter la llave en la cerradura a la primera. Esto me recuerda a uno de mis cuentos’. Creo que está claro que fue un enfermo de literatura hasta la sepultura. Hay que estar muy seriamente enfermo (que diría Gil de Biedma), muy enfermo de literatura para pensar lo que Renard pensó cuando al final de sus días cayó enfermo (esta vez físicamente) y se dijo a sí mismo que sólo podría sanar si escribía: ‘He vuelto a perder el equilibrio. Toco fondo. Curación inmediata si trabajase’.

La escritura como droga dura. Lobo Antunes, que es médico de profesión, ha acabado organizando su vida en torno a su vicio literario. Acude todas las mañanas a un hospital de Lisboa y allí no va a trabajar sino a escribir, a leer y escribir. Lo hace no muy lejos de la cama del hospital San Luis de los Franceses, donde Pessoa escribió su última línea, con una curiosa falta en inglés: ‘I know not what to-morrow will bring’. Escribir desde el hospital es lo que hace W. G. Sebald en el inicio de Los anillos de Saturno: ‘Fui ingresado, en un estado próximo a la inmovilidad absoluta, en el hospital de Norwich, la capital de la provincia, donde después, al menos de pensamiento, comencé a escribir estas páginas’.

Si el enfermo de literatura Lobo Antunes va a escribir al hospital, el gallego Luis Pimentel, médico y poeta de Lugo en la dura posguerra española, iba a trabajar al hospital de Santa María, pero allí escribía. Me sé de memoria unos versos que tienen un curioso aire de familia con Pessoa: ‘Me he quedado aquí, / solo y quieto, / dentro de mi blusa blanca. / La tarde es plana, / y hay un beso frío de cemento / y un ángel muerto sobre la hierba. / Pasa un médico. / Pasa una monja. / Entre luces de algodón, / el quirófano asciende’.

Pienso en las tardes ambiguamente planas y entre luces de algodón de una novela ineludible en el infinito tema de los enfermos de literatura, las tardes eternas de La montaña mágica, de Thomas Mann. Y me acuerdo de la seducción que ejercen la enfermedad y la muerte en muchos de los recluidos en el sanatorio donde transcurre la novela. Y me viene a la memoria el caso de aquel joven del que Mann nos dice que devolvieron del sanatorio a su casa, a título de ensayo, como casi curado. El joven volvió a los brazos de su mujer y de su madre, a los brazos de todos los suyos. Pero durante todo el día permanecía tendido, con el termómetro en la boca, y no se preocupaba de nada más. ‘Vosotros no comprendéis esto’, decía, ‘hay que haber vivido allá arriba para saber cómo deben hacerse las cosas. En esta casa los principios esenciales no existen’. Finalmente su madre, cansada, le dijo que se volviera allá arriba, que ya no servía para nada su hijo inútil. Y el joven volvió a ‘su patria’, que así es cómo llamaban todos los enfermos al sanatorio encantador.

El enfermo de literatura escribe desde el hospital de la literatura misma, todo lo ve desde ella, pertenece a esa clase de enfermo que, como diría Alejandro Rossi, lee el mundo como si fuera la continuación de un interminable texto literario. Es un enfermo que no desdeña, como carne literaria, nada. ‘Está condenado a fijarse en todo: en las lágrimas de la viuda, pero también en sus piernas enloquecedoras, en la exagerada manzana de Adán de aquel imbécil y en la envidiable pluma fuente de un amigo’.

La tarde también es ambiguamente plana hoy en mi casa, acabo de regresar de Lisboa y aquí estoy de nuevo en mi escritorio, en ‘mi patria’, entregado sin voluntad pero con una exagerada regularidad, con una monstruosa perseverancia, a la escritura, a esa hidra íntima (decía Rimbaud), sin fauces, que consume y aflige. Estoy aquí, solo y quieto, dentro de mi blusa blanca, la casa entera convertida en un hospital. Y me acuerdo de Paul Valéry, descrito por su hijo en Valéry visto por su hijo, donde descubrimos en el autor de Monsieur Teste a un completo enfermo de literatura, a alguien capaz de llevar hasta el límite su temible disciplina del espíritu: ‘Este hombre (mi padre) levantado antes de la aurora, en pijama, con los hombros cubiertos por un chal, el cigarrillo entre los dedos, los ojos fijos en la veleta de una chimenea, mirando nacer el día, se entregaba con implacable regularidad a un rito solitario: crear su propio lenguaje…’.

Juan Villoro me recordaba el otro día un aforismo de Lichtenberg, que encaja muy bien en este hospital de citas literarias en que ha terminado por convertirse el enfermo imaginario que es este artículo: ‘En cuanto se tiene un padecimiento se tiene una opinión propia’. Exacto. Opino ahora, dentro de mi blusa blanca, que Valéry me recuerda a la enfermedad literaria de Lady Macbeth cuando Shakespeare nos dice que, en ausencia de su Majestad, se le ha visto levantarse del lecho, echarse encima una blusa blanca, abrir el escritorio, sacar un papel, doblarlo, escribir unas líneas, leerlas, sellarlo y volver luego al lecho, y todo eso profundamente dormida. Extraña forma de sueño. Cuando le cuenten todo esto al médico, éste comentará así la actividad de su paciente escritora: ‘Gran perturbación de la naturaleza es ésta en que se goza de los beneficios del sueño sin perder los efectos de la vigilia’. Se nota que el médico también es Shakespeare, también está enfermo.